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Acto de Consagración a la Virgen Nuestra Señora

Posted on April 15, 2026 By aeternum

Acto de Consagración a la Virgen compuesto y leído por SS. Juan Pablo II en la plaza de San Pedro en la solemnidad de la Anunciación de 1984

  1. “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”.

Pronunciando las palabras de esta antífona, con la que la Iglesia de Cristo ora desde hace siglos, nos encontramos hoy ante Ti, Madre, en el año jubilar de la nuestra Redención.

Nos encontramos unidos con todos los Pastores de la Iglesia, con un particular vínculo, constituyendo un cuerpo y un colegio, así como por Voluntad de Cristo los Apóstoles constituían un cuerpo y un colegio con Pedro.

En el vínculo de tal unidad pronunciamos las palabras del presente Acto, en el que deseamos incluir, una vez más, las esperanzas y las angustias de la Iglesia por el mundo contemporáneo.

Hace cuarenta años, y luego diez años después, Tu siervo, el Papa Pío XII, teniendo ante tus ojos las dolorosas experiencias de la familia humana, confió y consagró a tu Corazón Inmaculado todo el mundo y especialmente los pueblos que, por su situación, son objeto particular de Tu amor y de Tu solicitud.

Este mundo de los hombres y las naciones lo tenemos también hoy ante los ojos; el mundo del segundo milenio que está por terminar, el mundo contemporáneo, nuestro mundo!

La Iglesia, recordando aquellas palabras del Señor : “Id … y enseñad a todas las naciones… He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20), ha reavivado, en el Concilio Vaticano II, la conciencia de su misión en este mundo.

Y por eso, ¡oh Madre de los hombres y de los pueblos!, Tú que conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, que sacuden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, dirigimos directamente a Tu Corazón: abraza, con amor de Madre y de Sierva del Señor, este nuestro mundo humano, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.

De un modo especial te confiamos y consagramos aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen particular necesidad de esta entrega y de esta consagración.

“Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios! ¡No desprecies nuestras súplicas, que estamos en la prueba!”.

2. He aquí, encontrándonos ante Ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que por amor nuestro, tu Hijo hizo de Sí mismo al Padre: “Por ellos -dijo Él- me consagro a Mí mismo, para que también ellos sean consagrados en la Verdad” (Jn, 17,19). Queremos unirnos a Nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual en su Divino Corazón, tiene la fuerza de alcanzar el perdón y de obtener la reparación.

La fuerza de esta consagración perdura para todos los tiempos y abraza a todos los hombres, los pueblos y las naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de provocar en el corazón del hombre y en su historia y que, de hecho, ha provocado en nuestros tiempos.

¡Oh! ¡Cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! La obra redentora de Cristo, en efecto, debe ser participada por el mundo por medio de la Iglesia.

Esto manifiesta el presente año de la Redención: el Jubileo extraordinario de toda la Iglesia.

¡Seas bendita (en este Año Santo), sobre toda criatura Tú, Sierva del Señor, que del modo más pleno obedeciste a la divina llamada!

¡Seas saludada Tú que estás enteramente unida a la consagración redentora de tu Hijo!

¡Madre de la Iglesia! ¡Ilumina al Pueblo de Dios por el camino de la fe, de la esperanza y de la caridad! Ilumina especialmente aquellos pueblos de los que Tú misma esperas que te consagremos y confiemos. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo contemporáneo.

3. Confiando a Ti, ¡oh Madre!, el mundo, todos los hombres y todos los pueblos, Te confiamos, también la misma consagración del mundo, poniéndola en Tu Corazón Materno.

¡Oh Corazón Inmaculado! ¡Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente arraiga en el corazón de los hombres de hoy y que en sus efectos inconmensurables ya grava sobre la vida presente y parece cerrar los caminos hacia el futuro!.

Del hambre y de la guerra ¡líbranos!

De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable, de toda guerra, ¡líbranos!

De los pecados contra la vida del hombre desde sus albores, ¡líbranos!

Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios ¡líbranos!

De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional ¡líbranos!

De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, ¡líbranos!

De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, ¡líbranos!

De la pérdida de la conciencia del bien y del mal, ¡líbranos!

De los pecados contra el Espíritu Santo, ¡líbranos! ¡líbranos!

¡Acoge, ¡oh Madre de Cristo!, este grito cargado con los sufrimientos de todos los hombres! ¡Cargado con el grito de sociedades enteras!

Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado: el pecado del hombre y “el pecado del mundo”, el pecado en todas sus manifestaciones.

¡Que se revele, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvífico de la Redención! poder del ¡Amor Misericordioso! ¡Que Él detenga el mal! ¡Transforme las conciencias! ¡Que en Tu Corazón Inmaculado se manifieste a todos la luz de la Esperanza! Amén.

Fuente:

A los Sacerdotes hijos predilectos de la Santísima Virgen, pag. 1273

Oraciones Tags:consagracion

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